Carta de la artista adolescente

Estimado Agustin:

Con el ánimo inocente del que no ha crecido –que es el que me dicen que conservo desde que ando todo lo suelto que puedo -que no es mucho- por este mundo obligatorio-, me atrevo a escribirle. Y ahora mismo me intento presentar y luego le explico el motivo de esta carta, aunque de entrada, ya me dé vergüenza hablarle, a usted precisamente, de “mi persona” –me disculpa, que no tengo yo nada claro qué sea.

Pero sea…

Van 37 años desde que se me empezó a criar con más cuentos que conciencia, con más juegos que dinero: se ve que me gustó, porque sigo jugando y “con el culo al aire”. Escapando del Trabajo, de entre mis juegos escogí estudiar pintura (¿¡y prescindir de los demás?!): la elección ya me resultó incómoda, falsa, no esta resuelta, aún me duele.

Con la esperanza de seguir jugando pero a más nivel, más divertido -inocente, ya le digo-, ingresé en la Universidad tropezando desde el principio con muchos más trabajadores obedientes que compañeros de juego, funcionarios o aspirantes afanados en tapar las grietas, sacar lustre, remozar la fachada, y ampliar el edificio de lo que enseguida apareció como un negocio al que llamaban Arte.

Y yo, que pretendía “ver más” (aprender a pintar cuadros que me sedujeran tanto como los que había visto, aprendiz de bruja que trajera mundos a la superficie), y sin embargo no encontraba allí todos los cromos que aún no había visto (ese saber pintado, acumulado durante siglos), sino una versión muy corta y manipulada que llamaban Historia; no encontraba allí más posibilidades de juego (más libertad) sino mala conciencia y vergüenza de pintar las cosas; ni tampoco métodos para reproducir misterios, sino Ciencia Estética: definiciones rigidas, palabras discurriendo ajenas a cualquier pintura: el Arte no me explicaba la forma de pintar y mi hacer, mis pinturas y las de otros permanecían al margen de lo que el Lenguaje les exigía, de lo que el Arte parloteaba.

«¡Ya hemos superado el Renacimiento! » -vociferaba el más torpe con las manos-, «no puedes pintar retratos o personas desnudas sólo por placer de hacerlo, sólo porque sí y ya está. ¡Estamos en el siglo XX -niña-, no seas anacrónica; no intentes cuadros hermosos, no tiene Sentido, la belleza no es una justificación, no seas decadente! Importa la Idea, basta transmitir el Concepto, el Arte está por encima de la Realidad, la pintura debe ser Pura», y tan pura la querían que ya desaparecía… depurada hasta la Nada. Si me proponían jugar, era siempre al mismo juego: «construye un Estilo: lo que importa es que sea Tu estilo y lo cultives: ¡sé coherente -mujer! ¡Y sé espontanea!» «¿Ves? ese cuadro todo negro ya significa El Vacío», «¿Ves? esa patata podrida ya nos habla de La Muerte». Y yo que seguía viendo sólo Nada venerada.

En 1981 me enseñaban Arte como una cuestión de fuerza, violenta y grave, resultado de guerras que yo no había vivido, que otros habían ganado y perdido por mí. En esas batallas, me parecía mientras me paseaba hambrienta de asombros todas las exposiciones, ¿habría muerto la pintura… o simplemente ya casi nadie la practicaba? ¿Inocente de mí, que había pensado que qué alivio y qué gratitud que Picasso comprobara -haciendo el trabajo por todos-, que un borrón es un borrón aunque él mismo lo firmara y lo poco o mucho -más bien poco- que se puede hacer con sólo un par de pinceladas sobre un lienzo en blanco?

Volvía a encontrar mis razones en los cuadros, entre las reproducciones de los libros: instantáneas robadas del sueño, a veces sólo con un par de pinceladas si, con dedicación, uno lograra alcanzar la serenidad suficiente para hacer de enlace, el dominio pasmoso que genera fluidez, la desinhibición de Velázquez.

Y el caso es que aprendiendo por mi cuenta, aprendiendo a no aprender, aún así me ‘licenciaron’ -que poco les importaba a ellos no haberme convencido, con tal de cobrar una licencia más-. Y aún así, he seguido pintando cuadros por gusto y por costumbre.

Ahora vivo como puedo: que no del Arte. Y no por moral -que no siento yo más escrúpulos que que me dejen tranquila- sino por no aburrirme, pintando por obligación Exposiciones y no cuadros uno a uno. Porque me aburro si tengo que pintar series, tener un estilo y cultivarlo, ser la misma cada día y además parecerlo: ya he comprobado pintando la inutilidad de cualquier pretensión de obrar ajena a la que imponen el hacer, los colores, la materia, y la suerte. Procuro estar pintando para, a veces, acabar un cuadro que me satisface. Si es que se me acumulan, los muestro. De vez en cuando alguien me felicita, pero jamás me tranquilizan los halagos: solamente yo conozco la medida verdadera de lo que voy logrando o aún no alcanzo.

Por supuesto, por su parte, el Mercado y la Estética también me ignoran: cuando no me llaman formalista, antigua, anacrónica… «¡incoherente -mujer-!». Para que no me pusieran más nombres, para que no me “leyeran” los cuadros y se disfrutara en silencio su posible acontecer, para que al menos no hablaran por mí, cuando se presentó la ocasión escribí unas glosas en el catálogo muy breve de mis pinturas que le envío, aunque se ha quedado antiguo -quiero pensar que con los años he mejorado en mi oficio y lo ejerzo con más libertad-.

Aunque ya he desistido de que me acepten jamás una tesis doctoral -que sin duda sería la peor forma, quizá la única imposible, que podría yo darle a mis palabras-, el caso es que sigo oficialmente ‘estudiando’, lo prefiero al Trabajo. Voy rumiando algo así como un ‘nombrar’ del desorden que conozco del hacerse la pintura, frente al Orden que ya impone el mismo Discurso y el Arte: oponiendo a esta Razón-esclava, aquella razón-libre de su sin-razón; sin buscar sistema, porque al igual que pintando quizá cuando se busca no aparece, o lo que aparece esta muerto; sin intentar demostrar nada, sólo por el gusto de usar, volver a intentar, con palabras, conjuros. Desde los pinceles he vuelto a jugar a escribir que, aunque nada tiene que ver con pintar, también sigue siendo emocionante cuando no me preocupo de quién va a leerme, ni de si se llama prosa, ensayo, cartas, canciones, cuentos, cuando no me preocupo de si acabo o empiezo sino que me aplico a hacer. Vicio, éste del gustarme hacer las cosas, que siempre me tiene ocupada y al que ya me he resignado: que escribo más que leo, dibujo más que miro y voy silbando siempre mis propias canciones más que escuchando la radio.

Y así, mientras voy y vengo por el camino me entretengo…

Y de repente, sus libros; que son para mí de una ayuda inestimable para armarme y desarmarme, para seguir intentando ser libre. Y como desde que a los quince años fui a mi primera y última ‘manifestación’ no había vuelto a tener ganas de política ni ganas de hablar ‘en voz alta’, me he decidido a escribirle. Me basta el placer de hablarle a usted -todo lo ‘directamente’ que puedo-, para variar, en vez de hablarle a todo el mundo de sus libros, creer que le devuelvo así, con más palabras, las suyas y mi gratitud.

Y que me disculpe si acaso le aburren mis balbuceos de aprendiz de hablante o los excesos de neófita apasionada que sin más, le saluda efusivamente y le agradece cualquier tiempo que dedique a esta cartita, que ojalá fuera el principio de una charla,

1997