No somos nada…

 

Mi hermano tomó esta fotografía con una cámara de juguete, una Kodak Fiesta, hace casi 50 años. Me importa un bledo si se confunde con amor fraterno opinar que la imagen podrían firmarla Cartier-Bresson, Doisneau, Robert Frank, Walker Evans, Diane Arbus, Friedlander. A pesar de que con mi afirmación no pretendo hacer ninguna broma, sé que Luís sería el primero en reírse: aunque con el tiempo se convirtió en fotógrafo premiado (con un curriculum internacional que incluye sorpresas que pocos conocen), quien ha visto su trabajo lo valora infinitamente más de lo que lo hace él mismo. Lo cierto es que cuando hizo esta foto, tenía tan sólo 8 años y, no sólo en mi opinión sino que a la vista está, también la mirada ya extraordinariamente despierta. Sólo dos años más que yo, que, con 6, posaba obligada con mi segundo vestido (el corto) el día de mi Comunión.

 

De que había fiesta en la casa dan fe el primer y último planos desenfocados: las botellas vacías sobre la mesa, los pequeños bocadillos y cuencos con contenido borroso, también la sonrisa de la tía Carmencita (¿quién no tiene una?), tan ancha y estrepitosa toda ella como la recuerdo. La cámara encuadra y enfoca la diagonal que dibuja la figura central y que subraya la dirección de los ojos, huyendo hacia el exterior, en dirección a la ventana, fuente de luz casi quemada que recortan limpiamente grises y negros muy cálidos. Que era un día especial también lo dice el vestido blanco, sus ribetes de crochet, el cuello formal y abrochado, el lacito de raso que brilla en la cadera, los adornos, que son regalos tradicionales: un reloj, una medalla de la virgen… Y si está claro que era fiesta y esa niña la protagonista ¿por qué no cuadra una mueca que parece de disgusto, o de aburrimiento?  ¿A qué santo aquella cara? ¿Y qué pasó después?

 

Inseparables de la forma, que las plantea, las preguntas y las interpretaciones que multiplica una obra -aunque sea obra de un niño- son las que le confieren su enigmático valor. Pero ésta no es una imagen cualquiera para mí. Y esta vez nadie mejor que yo conoce su significado.

 

Además de su calidad extraordinariamente precoz, lo que en esta vieja foto reencontrada me ha dejado estupefacta es comprobar precisamente que la cara es la misma que consigue que desde siempre parezca que estoy chupando limones, en cualquier fotografía; la misma gesticulación inquieta que no consigo petrificar como sonrisa cuando se me obliga. Mi boca tiene su propia vida, mi boca es incontrolable (una asumida ausencia total de fotogenia que ha desafiado a excelentes fotografos que siempre han perdido). Y si aún sigo haciendo las mismas muecas, lo que he sentido terrorífico es que quizá en esa foto ya era irremediablemente yo, eso, esa que soy ahora: incómoda delante de una cámara, disconforme con el día, con el vestido, con el lazo, con la medalla, con el reloj, con la tía, buscando afuera, con la cabeza siempre en otro sitio, “enmimismada”; sin saber entonces que no iba a hacer otra cosa que seguir escapando a días parecidos, a otros vestidos blancos, a otros lazos, brillos, rasos y colgantes, a cadenas con dioses, a los relojes de pulsera, al tiempo, a la gente, acodándome a la barra en las fiestas igual que a esa mesa, demasiado grave, demasiado abstraída, o demasiado alerta, demasiado inquieta como para haber encontrado lugar donde detenerme.

 

Quizá es que nos pasamos la vida intentando ser otro, ser alguien, mejor, y aunque nos esforcemos, o no, en educarnos, aunque pensemos que vamos cambiando y no fuimos siempre iguales, en realidad ya no se tiene escapatoria a los seis años, a los ocho de mi hermano, ya no hay forma de huir de uno mismo. Y quizá es que ya entonces la niña de la foto lo sabía.